“Aunque había recorrido todo el Parque y podía haber elegido cualquier otro lugar, lo que llamó la atención de Giuseppe Penone en Chaumont-sur-Loire fue un bosquete olvidado, cerca del depósito elevado de agua, oculto bajo laureles que ya no se podaban y donde hacía muchos años que nadie había entrado. Intuición de las futuras evoluciones, búsqueda de árboles y de recorridos posibles, impregnación y comprensión inmediata del lugar, observación de los tocones y los musgos, de las hiedras y los líquenes, de las piedras y las ramas... todos los elementos perceptibles de la creación en movimiento y de sus misterios, momentos del surgimiento de una idea, de la búsqueda de rastros o de posibles espacios de inscripción de formas u objetos en la naturaleza, estos fueron los momentos que pudimos compartir con él. Como si el artista estuviera buscando un secreto olvidado en este sotobosque, grabado en los tilos o los castaños, y fuera el único que podía descifrarlo, antes de dejar su propia huella de piedra o de bronce. Las afinidades secretas de Giuseppe Penone con este bosquete y las huellas que dejará darán a este lugar su visibilidad, su memoria y un futuro, una relación con el tiempo que había perdido. “El árbol, dice Penone, es una materia fluida, que puede modelarse. El vector principal es el tiempo: el hombre tiene una temporalidad distinta a la de un árbol; en principio, si se agarrara un árbol y se tuviera la constancia de no moverse durante años, la presión continua ejercida por la mano modificaría el árbol”. El bosque secreto de Chaumont-sur-Loire está esperando las metamorfosis, que “el árbol camino” de Giuseppe Penone realizará. “La obra no es una herramienta de magia, es la propia magia... La poesía es la revelación de algo extraordinario.”
En las avenidas del Parque, al interior de un bosquete secreto, Giuseppe Penone diseña un recorrido poético y sutil. A través de pequeños elementos, fragmentos de piedra y esculturas de bronce, "siembra ideas, pensamientos, futuros trabajos". Se trata de sorpresas, recuerdos dejados en el tronco de un tilo, en un bosquete, en uno de los notables árboles del Dominio, como si "se tratara de un injerto" al que él ayudará a transformarse, volviendo así el bosque activo, fecundo y parlante. Porque "el bosque nos habla del bosque, pero al hablarnos del bosque nos habla del hombre".
"El jardín comienza en el momento en que un hombre holla su suelo y avanza en el espacio del vegetal, del mineral.
Su acción se fija en la tierra, y las ínfimas realidades que ha encontrado a su paso llevan la memoria de su presencia.
Los arbustos desplazados por una fuerza que no es la del viento, las hojas desprendidas, llas ramillas quebradas, las hierbas rozadas y pisoteadas, y la vida animal, minúscula e invisible que los pasos han perturbado, son testigo del paso del hombre y recuerdan su recorrido.
La percepción de todos estos innumerables pequeños acontecimientos, la reflexión, la observación y la sorpresa que acompañan el trayecto de quien avanza, con la mirada hacia la tierra y el pensamiento suspendido, impregnado de cielo, armonizan los sentidos…
A partir de ese momento el recuerdo de su presencia queda fijado en el lugar.
Proceder a la organización sistemática de este recuerdo, convertirlo en estructura, querer transformar este recorrido en un rito, repetirlo: es eso lo que da nacimiento al jardín.
El jardín recuerda vuelve a proponer esta sorpresa, estas sensaciones que la acción original provocó, el deslumbramiento de los colores, del suelo, del cielo reflejado en la hierba, de la sombra de las ramas sobre la tierra que devela los humores del suelo y su fluir continuo.
Cuando se levanta la mirada, se proyectan en el cielo imágenes absorbidas por el suelo, y los pensamientos relacionados con la tierra se colocan sobre un horizonte escrito con los árboles y los arbustos por el trabajo secular del hombre.
La extensión infinita de los tallos de hierba de un prado, el olor del musgo, del polvo de las ramas, de las hojas aplastadas por las pisadas, la atmósfera de luces interrumpidas por el ramaje, por el vuelo de los pájaros, por los insectos, son el tapiz sobre el cual descansa la acción de la vida misma.
La forma como se organiza en el recorrido la comunidad vegetal que compone el jardín será el reflejo de la cultura, de la sociedad y de la economía que lo engendraron.
El microcosmos que se crea en torno a una vida enteramente pasada en comunión con un espacio delimitado refleja los secretos, las angustias, las esperanzas y también la resignación por el paso del tiempo, o la aceptación de ese paso vinculado con los incesantes cambios de la luz sobre el suelo.
La génesis del jardín reside en el misterio y en el orden de lo real que nos rodean, en la magia de la vida y en la sorpresa que al manifestarse ésta suscita.
Es importante delimitar los límites del jardín para marcar el lugar, para crear su identidad.
Al delimitarlo se crea exclusión, y es en la exclusión donde nacen los valores de los misterioso, lo sacro, del encantamiento.
Porque tiene límites se concentra en los espacios la idea del genio del lugar, se reúnen fuerzas secretas que permiten la organización de lo vivo. Y de allí provienen la idea y el concepto de bosque sagrado, de templo natural.
Recorrer el jardín es efectuar siempre un recorrido iniciático, tener la experiencia de una revelación que acentúa aún más esta pérdida atávica de la orientación que se siente cuando se avanza entre los arbustos en el bosque, cuando se pierde todo punto de referencia y cuando la atención se concentra en los diversos detalles, en las apariciones súbitas e imprevistas, en los sonidos, en los resplandores de luz y en las sombras.
Iniciación que sólo podrá ser captada por quien está preparado para hacer la experiencia de una osmosis con las cosas, con el paisaje.
Cuando se penetra en el laberinto de los jardines, es fácil perderse en las formas, los colores, los aromas y los sonidos que provienen de sus tierras, de sus aguas; lo mejor es no encontrarse". Extracto de Respirer l’ombre, Giuseppe Penone.
Nacido en 1947 en Garessio, en el Piamonte italiano, Giuseppe Penone vive y trabaja actualmente en Turín y en París, donde enseña en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes. De su infancia, alimentada desde siempre por una naturaleza exuberante, conserva esta sensibilidad profunda que está presente desde 1968 en las exposiciones que le han sido consagradas. Interrogando el vínculo que une al hombre con la naturaleza, se confirma rápidamente como una de las principales figuras del movimiento del Arte Povera, lanzado en 1967 por el crítico Germano Celant. Desde sitios de la vanguardia como el Städtische Museum de Leverkusen hasta los templos del arte contemporáneo como el MOMA de Nueva York o el Centro Georges Pompidou à Paris, Giuseppe Penone se abrió rápidamente camino hacia un reconocimiento que traspasa las fronteras- Sensible, monumental, frágil o perenne, su obra adquiere una forma inédita en el Dominio de Chaumont-sur-Loire.